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99277894Mi padre me repetía con frecuencia: “Sólo tenemos lo que damos”. Hoy me permitiré corregirlo un poquito: “Sólo al dar  conocemos lo que tenemos”. Porque el hombre no es alguien que tiene que recibir. Ya lo tiene todo. No es un necesitado, sino un dador.

Dar es una de sus cualidades esenciales. Es la imagen  del Amor, del infinitamente Generoso. Quien no se atreve a dar  es porque no ha conocido a Dios. Por eso tampoco goza de la Vida. La ignora.  Jesús lo deja claro en su parábola de los talentos. 1

El que enterró el suyo lo hizo por miedo a perder. Cuando en el reino de Dios nada se extravía o desgasta. En “la casa” del Padre ni se resta ni divide. Sólo se suma y multiplica. Ese es el secreto de los que no esconden el talento dado. Conocen las reglas de este universo espiritual. Nada se puede perder2 Todo se desarrolla, progresa e incrementa. Pero, ¿cómo multiplicar? El Maestro nos lo enseña con una lección práctica. Lucas recoge la “imposible” ecuación. Cinco panes, dos peces = cinco mil hombres + mujeres + niños.3

Jesús la resuelve agradeciendo. O lo que es lo mismo: reconociendo la obra de Dios, la única realidad. Mirando en la dirección correcta. No a los oscuros límites del mundo onírico de la existencia mortal. Se multiplica cuando se ve correctamente.  Contemplar la Verdad, suscita la gratitud. La auténtica, no la que nace como respuesta educada y no sentida ante algo  que no se valora.

La gratitud, el reconocer, el saber ver lo que hay, es la fuente y el soporte de la provisión. Por eso, acuñaría como recordatorio de nuestro patrimonio la frase siguiente: “Sabemos lo que tenemos cuando agradecemos”. Pero antes de teclear el punto final de esta reflexión compartiré el significado de  “patrimonio”. El diccionario nos informa: “lo dado por el padre”.

Y no lo olvidemos: nuestro padre es “el del cielo.” El Bautista afirmó: “Nada puede recibir el hombre, si no fuere dado del cielo”. 4 Y el Cristo añadirá en palabras del maestro Jesús: “Todo lo mío es tuyo”.

Luego… todo lo de Dios es nuestro.

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1 Mateo 25:14-30.

2 Veáse en numerosos pasajes de Ciencia y Salud. Como muestras en las páginas 302 y 360.

3 Lucas 9:10-17.

4 Juan 3:27

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José Rodríguez Peláez, practicista
Alhaurín El Grande, España
www.rodriguezpelaezcs.org

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Artículo reproducido con permiso.



88162901La mayoría de la gente probablemente estaría de acuerdo en que les gustaría controlar más su manera de pensar. Admitirían que se dejan influir muy fácilmente por fuerzas y actitudes externas que parecen estar fuera de su control. ¿Es realmente posible llegar a dominar nuestros propios pensamientos y liberarnos de las influencias externas?

Recientemente, al leer la Biblia, me impresionó la manera tan independiente en que vivía Cristo Jesús. Por cierto que no vivía aislado de los demás. Estaba en el mundo, no obstante, repetidas veces el Maestro se negó a aceptar la sutil influencia de la manera de pensar prevaleciente. Mantuvo su libertad espiritual para vivir y actuar como el Hijo de Dios. Él sabía que su afectuoso Padre da sólo lo bueno a Sus hijos. Jesús ayudó a sus seguidores a ver que ellos también eran herederos de la bondad de Dios por ser Sus hijos e hijas. Les mostró que podían oponerse a las presiones mundanas y, en cambio, poner su manera de pensar y de vivir bajo la jurisdicción de la ley divina, la cual nos protege del mal.

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¿Pueden imaginarse lo alentador que sería tener a alguien que les dijera con persuasiva autoridad espiritual que vuestro afectuoso Padre jamás los tendría sujetos a la enfermedad y el peligro? No es de maravillarse que la gente acudiera a Jesús en busca de curación, y los relatos del evangelio nos dicen que Jesús no tenía ningún temor al tratar con toda clase de enfermedad.

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Una curación en particular demostró en qué medida estaba completamente libre de temor ante los síntomas físicos. Un leproso pidió ayuda al Maestro en su aflicción. Se acercó a Jesús y le rogó: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Sin vacilar, Jesús, movido por el amor, tocó al hombre, y le dijo: “Quiero, sé limpio”. Leemos que inmediatamente el leproso quedó limpio. La total convicción que tenía Jesús del poder de Dios eliminó el temor del hombre y le restauró su salud y libertad.

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El Cristo, la Verdad, ejemplificado por Jesús de manera tan suprema, aún está aquí para sanarnos cuando nos vemos frente a una enfermedad contagiosa. El contagio no sólo evoca temor, sino que se alimenta de él. No obstante, no tenemos porqué ser abrumados por un sentido de desamparo cuando comprendemos algo de la ley espiritual de Dios, la cual nos salvaguarda contra el daño. Mediante la oración nos acercamos a Dios y paso a paso podemos comprender Su bondad y amor.

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La naturaleza mental de la enfermedad contagiosa y su tratamiento al recurrir a Dios en oración, es uno de los puntos más básicos en el descubrimiento que hizo la Sra. Eddy de la Ciencia Cristiana. En un ensayo intitulado “El contagio”, en Escritos Misceláneos, ella observa: “Todo lo que el hombre ve, siente, o que de alguna manera percibe, tiene que ser captado por la mente; puesto que la percepción, la sensación y la consciencia pertenecen a la mente y no a la materia”. Y continúa: “El consentimiento común es contagioso, y hace contagiosa la enfermedad”. Su experiencia en la curación espiritual le había enseñado que debido a que Dios es el bien, el bien es verdaderamente más poderoso y más “contagioso” que el mal. Nos beneficiaría a todos nosotros comprender que, de hecho, la bondad y la salud son “contagiosas”.

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Pude comprobar la verdad de estas declaraciones, de una manera modesta en mi propia experiencia, cuando sané de paperas. Mi hermana me había pedido que la ayudara cuando sus hijos estaban padeciendo de la enfermedad. Me quedé con la familia, entreteniendo a los niños con juegos e historietas, y ayudando a mi hermana en sus quehaceres hasta que sanaron. Después, yo tenía todos los síntomas de la enfermedad. Me quedé estrictamente a solas. Pero tenía que salir en un viaje de negocios esa semana, y había mucho trabajo que terminar antes de salir. Así que hice esfuerzos vigorosos para enfrentar esta enfermedad por medios espirituales.

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Recurrí a Dios en oración. Recordé algunas de las ideas del artículo de la Sra. Eddy sobre el contagio. Me di cuenta de que debido a que Dios es por cierto omnipresente, ninguno de Sus hijos está jamás fuera de Su afectuoso cuidado. En otras palabras, me negué a dar mi consentimiento a esta imposición. Al principio tuve una verdadera batalla mental con el temor y el dolor, pero comprendí que, como idea espiritual de Dios, yo estaba influida totalmente por la bondad de Dios. Continué negando firmemente la realidad de la enfermedad, y vi que bajo la luz de la realidad espiritual sólo podía contagiarme del bien.

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Para el final del día sentí que la opresión del temor iba desapareciendo. El dolor disminuyó y la hinchazón desapareció. Pude seguir adelante con mi trabajo. A la mañana siguiente, estaba completamente libre de la dificultad. Por cierto, todo el escenario parecía como una pesadilla de la cual había despertado llena de gratitud. Estaba agradecida a Dios no sólo por la curación, sino por lo que me había enseñado en cuanto a la creación espiritual de Dios, la cual siempre está presente para ser discernida.

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La promesa de la Ciencia Cristiana es que, mediante un cristianismo más profundo, percibimos que nuestra vida está gobernada por Dios, que mantiene nuestra identidad espiritual a salvo en el Amor divino. Podemos mantenernos alerta mentalmente y no dar consentimiento a la enfermedad. En efecto, no tiene causa, historia o realidad en el hecho espiritual y científico de la totalidad de Dios. La certidumbre del Amor omnímodo actúa como una ley, en la cual se puede confiar.

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Tu misericordia está delante de mis ojos,

y ando en tu verdad.

Salmo 26:3

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Ann Kenrick

Artículo publicado originalmente en El Heraldo de la Ciencia Cristiana de abril de 1992



Bosque¿Puede usted pasar un invierno sin el riesgo de contraer una gripe? Cada vez con más frecuencia nos instan a vacunarnos y se nos dice que con la edad es más necesario hacerlo.

Pero como informó en el año 2001 un epidemiólogo que trabaja en un sector del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, las vacunas contra la gripe sólo son eficaces entre un 30 y un 70 por ciento de las veces, en personas de más de 65 años. Mientras que entre la gente más joven y más sana, está entre el 70 y el 90 por ciento. “Uno quiere hacer lo que sea necesario para ayudar a disminuir el riesgo de contraer la gripe, tanto para uno como para alguien cercano”, dijo la Dra. Carolyn Buxton Bridges. 1

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Sin embargo, cuando usted busque la mejor forma de disminuir los riesgos de contraer la enfermedad, no descarte la ayuda espiritual.

Las enseñanzas de Jesús dicen que entender a Dios, el Espíritu universal, es a la vez un poder sanador y una protección. Su ministerio sugiere que él entendía profundamente el significado de las palabras del salmista: “Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que Le invocan de veras. Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará. Jehová guarda a todos los que le aman”. 2

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Un día amanecí con síntomas de gripe. Por la tarde sentí ganas de irme a la cama, pero como tenía que estar en una reunión esa noche, me di cuenta de que necesitaba orar para sanarme. Al considerar los hechos básicos sobre quién es Dios y de qué manera hemos sido creados para expresar Su naturaleza bondadosa, fui teniendo la convicción de que la ayuda de Dios estaba a la altura de cualquier emergencia. Nunca se me ocurrió cancelar la reunión.

Parte de mi oración la formaban pasajes tales como éste de Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras: “Sed firmes en vuestra comprensión de que la Mente divina gobierna y que en la Ciencia el hombre refleja el gobierno de Dios”3

Por la noche ya estaba bien, y no necesité guardar cama.

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Un par de años más tarde, los síntomas reaparecieron. Estaba conduciendo por una zona rural de camino a una reunión que tenía en el sur del estado. Así que oré de una manera similar a la que había orado antes, reconociendo para mí mismo que Dios es bueno y no crea la enfermedad. Afirmé que el Espíritu divino es perfecto y que, por lo tanto, somos espirituales y perfectos. “Por esa razón”, me dije, “los síntomas de gripe no forman parte de nadie, por lo cual no pueden amenazarme ni tener control sobre mí”.

Continué razonando de esta manera y para cuando llegué a la reunión los síntomas habían desaparecido. Ese fue el fin , tanto de los resfríos como de la gripe. Desde entonces, las pocas veces en que las señales de un resfrío han aparecido, mi oración se ha encargado de ellos tan rápidamente que casi no los recuerdo.

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Cuando nos tomamos la costumbre de afirmar estos hechos espirituales sobre la naturaleza de Dios y de qué manera nos creó, no sólo nosotros nos sanamos sino que también estamos preparados para sanar a otros que soliciten nuestras oraciones. Mary Baker Eddy escribió, refiriéndose a Dios como Verdad y Amor: “Mantened la mente tan llena de Verdad y Amor, que el pecado, la enfermedad y la muerte no puedan entrar en ella… Los buenos pensamientos son una armadura impenetrable; revestidos de ella, estaréis completamente protegidos contra los ataques de toda clase de error. Y no sólo vosotros estaréis a salvo, sino que también se beneficiarán todos aquellos en quienes pensáis”. 4

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Seguir este consejo es una manera práctica de detener la gripe. No tiene efectos secundarios peligrosos y puede ayudar también a amigos y vecinos. Cuando los pensamientos desbordan con la convicción del amor de Dios, benefician naturalmente a los demás y, al ayudar a otros, uno también es bendecido.

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1 Véase “Physicians Call For Change in Flue Vaccine Recommendations“, por John Cutter, WebMDHealth.

2 Salmos 145:18-20.

3 Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, pág. 393.

4 La Primera Iglesia de Cristo, Científico -y- Miscelánea, pág. 210.

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Robert A. Johnson
Artículo publicado originalmente en El Heraldo de la Ciencia Cristiana, ejemplar julio de 2002



83273070Al estudiar la Biblia, se ve que Jesús curó lo que hoy es conocida como enfermedad infecto-contagiosa. En una ocasión, curó un caso aislado de lepra 1 y en otra curó diez personas simultáneamente 2. La Ciencia Cristiana revela que Jesús fue el hombre que comprendió y demostró la idea-Cristo, un poder divino y actuante en el pensamiento humano. Él demostró a toda la humanidad lo que es ser hijo de Dios y el potencial divino inherente a esa filiación, que incluye la inmunidad espiritual del ser.

Lo que había en común entre esas personas que fueron curadas es que, más allá de que buscasen purificación espiritual, procuraban una cura completa de un mal considerado incurable en la época. Una agravante era la condición a la cual esas personas quedaban sujetas: aislamiento total y desprecio de la sociedad. La curación cristiana, preconizada por Jesús, probó que para Dios no existe caso perdido ni imposibilidades. Tal hecho adviene del desdoblamiento natural de la ley divina, el bien, que prueba la actividad actual y perenne del Cristo, que trae consuelo y salvación universal.

La Ciencia Cristiana enseña que Jesús era dotado del Amor divino en tal medida, que reconocía a cada individuo solamente como un hijo perfecto de Dios. Tal fundamento crístico estaba solidificado en la comprensión que él mantenía acerca de su propia identidad, una idea de Dios inmaculada, completa, inmune, libre del miedo y de cualquier imposición material. Cuando él afirmó: “Yo y el Padre uno somos”  3 incluyó a toda la humanidad, sin excluir a nadie. Mary Baker Eddy escribió en su obra principal: “Jesús veía en la Ciencia al hombre perfecto, que aparecía a él donde el hombre mortal y pecador aparece a los mortales. En ese hombre perfecto el Salvador veía la semejanza misma de Dios, y esa manera correcta de ver al hombre sanaba a los enfermos.” 4


Como el más exitoso sanador, Jesús es el modelo para la curación cristiana. Si la habilidad de curar por la Ciencia divina fuese una dispensación individual, Jesús no hubiera dicho que todos lo que creyesen en él realizarían las mismas obras que él, y otras mayores aún. Jesús no solo demostró la inmortalidad de la Vida divina por su resurrección y ascensión, sino que también prometió la continuidad del Consolador, lo que confirió eternidad a la idea-Cristo. Hace 143 años la Ciencia Cristiana viene revelando a la humanidad que el Cristo es actual, omnipresente, omnipotente, habla a la consciencia humana, salva y libra de todo mal. Así como Cristo Jesús enseñó en todas sus palabras y obras, la Ciencia Cristiana también revela la curación cristiana como un hecho continuo y atemporal.

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Ponderando sobre la curación de los leprosos, ¿qué los llevó a que buscasen a Jesús? Ellos estaban en búsqueda de purificación física y mental. Jesús no dio ningún diagnóstico, ni hizo preguntas sobre el estado de salud de aquellas personas, porque mantenía el saber consciente acerca de todas las cosas y de cada ser como expresión de la perfección de Dios. Tal hecho es una ley divina que puede ser científica y constantemente demostrada por la curación de cualquier enfermedad.

Cuando el leproso se aproximó a Jesús y le dijo: “Señor, yo sé que puedes curarme, si así lo quieres”, Jesús, compadecido, respondió: “… ¡Sí! Quiero. Estás curado” 5.

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Como en aquella época, el poder sanador cristiano inconmensurable e infinito está presente en la actualidad, en este preciso momento, y alcanza a todos, en cualquier lugar, sea cual fuere la situación que tengamos que enfrentar.

Pude comprobar eso en 1990, cuando oré para reconocer la perfección e inmunidad inherentes a mi ser, como hijo perfecto y completo de Dios. La Ciencia Cristiana enseña que la curación proviene de la acción divina y que no hay ninguna necesidad de diagnóstico material. Pero en esa época, consulté la opinión de un especialista con la finalidad de alinear la defensa mental en mis oraciones, para anular las pretensiones erróneas, específicas del caso. Aprendí que se trataba de herpes zóster, popularmente conocido en algunos países como culebrilla o culebrina, manifestado en la región del abdomen y que, según el diagnóstico, era un tipo diferenciado de herpes que ataca a personas con baja inmunidad, pero que, en contrapartida, tenía la característica de “inmunizar” a aquellos infectados por este virus. No obstante, podría durar y causar dolor insoportable durante años.

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Delante de este diagnóstico, continué confiando absolutamente en la oración para obtener una curación, sin usar ningún recurso medicinal. Como resultado, no sentí dolores, ninguna fibra nerviosa o músculo fue afectado. Recuerdo que uno de los elementos fundamentales de mi oración fue reconocer la pureza inherente a mi ser. También vencí el miedo del contagio y resistí la tentación de mirar para las zonas afectadas para ver si la curación ya se había completado. En pocos días los bultos sobre la región rojiza de la piel desaparecieron por completo, y no volvieron.

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La curación a través del Cristo es completa, pues elimina el miedo y la inercia mental. La Ciencia Cristiana enseña que el principal elemento para alcanzar la curación a través de la oración es el pensamiento convencido, que no acepta el falso cuadro material de una coyuntura sin esperanza de curación. Al leer los relatos bíblicos siento que, al verse frente a situaciones que, por la opinión general, suscitaban pavor, desaliento y desprecio, Jesús mantenía el pensamiento elevado y dejaba que el Cristo, la actividad divina infalible y omniactiva, se ocupase del caso, y por eso la curación ocurría.

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La inmunidad de cada persona es espiritual e intrínseca al ser completo, creado por Dios. Como todos reflejan a Dios, para infectar “el reflejo”, sería necesario primero atacar al original, lo que sería imposible. La inmunidad espiritual es un atributo que el hombre posee por reflejar la inmortalidad divina. En esa base, la Ciencia Cristiana establece la totalidad de Dios y la nulidad de la materia. El desdoblamiento natural del bien, tal como la curación de los leprosos, es algo divino y natural, por lo tanto factible y demostrable, a todo momento. La inmunidad individual y colectiva está sustentada por la universalidad de la actuación del Cristo.

Este concepto más elevado, divino y permanente de inmunidad, fundado en el Cristo vivo, eterno y atemporal, es una ayuda presente en un momento en que los medios de comunicación sugieren una posible pandemia de la gripe A (H1N1), que está siendo conocida como gripe porcina. Sin embargo, podemos descansar en la certeza de la presencia y actividad individual y universal de la idea-Cristo, que destruye el miedo de contagio. A través de la oración, optamos por confiar en la realidad espiritual que garantiza la inmunidad de la creación de Dios, en vez de confiar en un cuadro material que presenta peligro de contaminación.

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Regocijémonos en Dios, que por Su Cristo vivo y actual, garantiza salud e inmunidad verdaderas y permanentes para la humanidad.

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1 Marcos 1:40-45

2 Lucas 17:11-14

3 Juan 10:30

4 Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras, Pág. 476

5 Marcos 1:40-41

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Jackson Guterres dos Santos
Porto Alegre, Río Grande do Sul, Brasil.

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Traducción libre del original en portugués titulado “Imunidade: uma visão corretiva”, publicado por la revista El Heraldo de la Ciencia Cristiana en Portugués – O Arauto da Ciência Cristã



suburbio

Si buscáramos un recuerdo agradable en nuestra memoria, la niñez ocuparía un lugar de privilegio, y más aún el barrio, donde transcurrió nuestra infancia, sería el marco perfecto para esos recuerdos. Recordaríamos los momentos agradables que vivimos junto con amigos y amigas que vayan uno a saber por donde andarán. Con que poco nos conformábamos para ser felices. Hoy es maravilloso pensar como las cosas simples adquirían un brillo singular. Todo era bueno para jugar, para tener en común. No establecíamos diferencias de sexo, color o condición social. Una lata vacía, un puñado de coloridas piedritas, una pelota hecha con calcetines viejos o una tiza gastada para dibujar en la calle la rayuela que nos permitía llegar al cielo, servían para mantener en jaque nuestra capacidad de asombro. Era muy fácil y cotidiano sentirnos entre todos, uno.

 

     La solidaridad ocupaba un lugar muy importante en nuestra experiencia. Cuando una persona mayor nos pedía que hiciéramos un mandado lo hacíamos con entusiasmo. Si uno de nuestros amigos tenía un inconveniente, era el de todos hasta solucionarlo. ¡Qué solidarios éramos si alguien atravesaba una situación difícil!

 

     Pero fue pasando el tiempo, nos hicimos grandes y muchos nos fuimos del sitio que nos vio crecer. Y, con el transcurrir de los años, comenzamos a sentir nostalgia de los días en que éramos pequeños y nos proyectamos en busca de recuerdos de esas calles donde estaba nuestro hogar, en ese bendito barrio ¡qué refugio! Un refugio no de mampostería, era el refugio de nuestra inocencia y pureza.

 

     Hoy es probable que vivamos en un vecindario donde no nos sintamos cómodos, sintiéndonos extraños. Pero si nos detuviéramos unos instantes en el lugar donde estén reunidos un grupo de niños, apreciaríamos que en ese lugar donde no nos sentimos a gusto, ellos sí lo están y lo hacen construyendo sueños y juegos por los cuales dentro de muchos años quizás sientan nostalgia.

 

     En el barrio donde transcurrió mi infancia y juventud aprendí a descubrir los charcos que formaba el agua al cesar la lluvia; en ellos me deslumbraba ver “navegar” un barquito de papel o contemplar los círculos concéntricos que formaba el agua al dejar caer una piedrita dentro del mismo. Así las cosas simples fueron verdaderos postes indicadores que a través del tiempo me marcaron el camino a recorrer en busca de dirección correcta en la vida. Y con ese rumbo, un día me detuve delante de una Sala de Lectura de la Ciencia Cristiana, muy cerca del lugar donde residía. Allí, luego de entrar, no sólo me impactaron conceptos de la literatura que pude leer sino también el afecto genuino de quienes me recibieron, y mi vida cambió para mejor, en todo aspecto.

 

     Con el estudio de esta Ciencia pude aprender acerca de la inocencia y pureza del hombre como idea espiritual y perfecta, libre de conceptos humanos contaminantes y destructivos que inexorablemente me remontaron a esos recuerdos de niño. Pude, en definitiva, conocer a Dios como el incondicional Padre-Madre dador de todo lo bueno, es decir pude hacer de Dios, el Amor Divino, mi primer amigo y de la oración, un auténtico salvavidas siempre presente.

 

     En ocasiones cuando el engañoso sentido material pretende sumergirme en la sugestión de falta de inocencia y pureza o falta de solidaridad, acudo inmediatamente a las ideas reparadoras e inspiradoras aprendidas en la Biblia y en Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras por Mary Baker Eddy. De sus escritos pude desarrollar de manera práctica ideas como: “Los ricos en espíritu ayudan a los pobres en una gran hermandad, teniendo todos el mismo Principio, o Padre; y bendito es ese hombre que ve la necesidad de su hermano y la satisface procurando su propio bien beneficiando a otro.” 1 Qué concepto tan revolucionario, ¿verdad? Buscar el propio bien beneficiando a otro.

 

     Hoy, más de cuarenta años después, vivo en un lugar muy distante de aquel en el cual transcurrió ni niñez y todavía no dejo de emocionarme cuando veo un grupo de niños tratando de hacer navegar un frágil barquito de papel en algún charco o al costado del cordón de la vereda luego de una fuerte lluvia. Tampoco dejan de sorprenderme los círculos en expansión que forma el agua al arrojar una pequeña piedra sobre el mismo y así, de igual manera, en mi actual barrio, trato de expandir el pensamiento alcanzando a todos sin excepción, procurando ver la idea de Dios en cada persona y sabiendo con certeza (aunque parezca difícil), que el bien es posible.

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1 Ciencia y Salud, Pág. 518

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Horacio Colombo
Buenos Aires, Argentina