Archivo para Julio, 2009

88162901La mayoría de la gente probablemente estaría de acuerdo en que les gustaría controlar más su manera de pensar. Admitirían que se dejan influir muy fácilmente por fuerzas y actitudes externas que parecen estar fuera de su control. ¿Es realmente posible llegar a dominar nuestros propios pensamientos y liberarnos de las influencias externas?

Recientemente, al leer la Biblia, me impresionó la manera tan independiente en que vivía Cristo Jesús. Por cierto que no vivía aislado de los demás. Estaba en el mundo, no obstante, repetidas veces el Maestro se negó a aceptar la sutil influencia de la manera de pensar prevaleciente. Mantuvo su libertad espiritual para vivir y actuar como el Hijo de Dios. Él sabía que su afectuoso Padre da sólo lo bueno a Sus hijos. Jesús ayudó a sus seguidores a ver que ellos también eran herederos de la bondad de Dios por ser Sus hijos e hijas. Les mostró que podían oponerse a las presiones mundanas y, en cambio, poner su manera de pensar y de vivir bajo la jurisdicción de la ley divina, la cual nos protege del mal.

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¿Pueden imaginarse lo alentador que sería tener a alguien que les dijera con persuasiva autoridad espiritual que vuestro afectuoso Padre jamás los tendría sujetos a la enfermedad y el peligro? No es de maravillarse que la gente acudiera a Jesús en busca de curación, y los relatos del evangelio nos dicen que Jesús no tenía ningún temor al tratar con toda clase de enfermedad.

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Una curación en particular demostró en qué medida estaba completamente libre de temor ante los síntomas físicos. Un leproso pidió ayuda al Maestro en su aflicción. Se acercó a Jesús y le rogó: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Sin vacilar, Jesús, movido por el amor, tocó al hombre, y le dijo: “Quiero, sé limpio”. Leemos que inmediatamente el leproso quedó limpio. La total convicción que tenía Jesús del poder de Dios eliminó el temor del hombre y le restauró su salud y libertad.

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El Cristo, la Verdad, ejemplificado por Jesús de manera tan suprema, aún está aquí para sanarnos cuando nos vemos frente a una enfermedad contagiosa. El contagio no sólo evoca temor, sino que se alimenta de él. No obstante, no tenemos porqué ser abrumados por un sentido de desamparo cuando comprendemos algo de la ley espiritual de Dios, la cual nos salvaguarda contra el daño. Mediante la oración nos acercamos a Dios y paso a paso podemos comprender Su bondad y amor.

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La naturaleza mental de la enfermedad contagiosa y su tratamiento al recurrir a Dios en oración, es uno de los puntos más básicos en el descubrimiento que hizo la Sra. Eddy de la Ciencia Cristiana. En un ensayo intitulado “El contagio”, en Escritos Misceláneos, ella observa: “Todo lo que el hombre ve, siente, o que de alguna manera percibe, tiene que ser captado por la mente; puesto que la percepción, la sensación y la consciencia pertenecen a la mente y no a la materia”. Y continúa: “El consentimiento común es contagioso, y hace contagiosa la enfermedad”. Su experiencia en la curación espiritual le había enseñado que debido a que Dios es el bien, el bien es verdaderamente más poderoso y más “contagioso” que el mal. Nos beneficiaría a todos nosotros comprender que, de hecho, la bondad y la salud son “contagiosas”.

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Pude comprobar la verdad de estas declaraciones, de una manera modesta en mi propia experiencia, cuando sané de paperas. Mi hermana me había pedido que la ayudara cuando sus hijos estaban padeciendo de la enfermedad. Me quedé con la familia, entreteniendo a los niños con juegos e historietas, y ayudando a mi hermana en sus quehaceres hasta que sanaron. Después, yo tenía todos los síntomas de la enfermedad. Me quedé estrictamente a solas. Pero tenía que salir en un viaje de negocios esa semana, y había mucho trabajo que terminar antes de salir. Así que hice esfuerzos vigorosos para enfrentar esta enfermedad por medios espirituales.

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Recurrí a Dios en oración. Recordé algunas de las ideas del artículo de la Sra. Eddy sobre el contagio. Me di cuenta de que debido a que Dios es por cierto omnipresente, ninguno de Sus hijos está jamás fuera de Su afectuoso cuidado. En otras palabras, me negué a dar mi consentimiento a esta imposición. Al principio tuve una verdadera batalla mental con el temor y el dolor, pero comprendí que, como idea espiritual de Dios, yo estaba influida totalmente por la bondad de Dios. Continué negando firmemente la realidad de la enfermedad, y vi que bajo la luz de la realidad espiritual sólo podía contagiarme del bien.

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Para el final del día sentí que la opresión del temor iba desapareciendo. El dolor disminuyó y la hinchazón desapareció. Pude seguir adelante con mi trabajo. A la mañana siguiente, estaba completamente libre de la dificultad. Por cierto, todo el escenario parecía como una pesadilla de la cual había despertado llena de gratitud. Estaba agradecida a Dios no sólo por la curación, sino por lo que me había enseñado en cuanto a la creación espiritual de Dios, la cual siempre está presente para ser discernida.

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La promesa de la Ciencia Cristiana es que, mediante un cristianismo más profundo, percibimos que nuestra vida está gobernada por Dios, que mantiene nuestra identidad espiritual a salvo en el Amor divino. Podemos mantenernos alerta mentalmente y no dar consentimiento a la enfermedad. En efecto, no tiene causa, historia o realidad en el hecho espiritual y científico de la totalidad de Dios. La certidumbre del Amor omnímodo actúa como una ley, en la cual se puede confiar.

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Tu misericordia está delante de mis ojos,

y ando en tu verdad.

Salmo 26:3

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Ann Kenrick

Artículo publicado originalmente en El Heraldo de la Ciencia Cristiana de abril de 1992



ReflejoAlgún tiempo frecuenté los escritos de Khalil Gibran. Y como cosecha de recuerdos, acude hoy a mi memoria uno de sus relatos. El poeta libanés lo tituló “El rey sabio”. Se cuenta allí el enloquecimiento de una población al beber de su único manantial previamente emponzoñado por un enemigo. Al principio sólo el rey y su chambelán se abstienen de esa agua. Sólo ellos conservan la cordura. Pero al fin también beben. Evitan así el ser destronados. Sus súbditos comenzaban ya a acusarles de locos ineptos para el gobierno.

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La historia me hace reflexionar.

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También la presente humanidad parece haber bebido de esa agua que hace habitar lejos de la realidad natural. Es sentirse en una dimensión imaginaria, fuera del Paraíso de lo razonable. Aquí el líquido envenenado es como la fruta sugerida por la serpiente tentadora. 1

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Los humanos ya no son conscientes del “universo” de la Verdad sino de lo “diverso” del error. La droga suministrada nos ha cambiado el centro. Ya no es el Uno sino la división, la dualidad. Y así todo se percibe como “descentrado”, a años luz de la armonía.  Quien ha de gobernar debe abstenerse de ese líquido y de sus consecuencias hipnóticas. Y esa es la misión del hombre. Ha sido creado para regir el universo. 2

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Pero si se permanece fiel a la realidad, la confrontación con el mundo se convierte en ineludible. Entonces, el apego al poder, aunque esté desprovisto de su auténtica finalidad (establecer en la felicidad), empuja a apurar la copa del engaño. Ya es demencial síntoma, oponer tanta resistencia a sentirse exiliado de este territorio de locos. Resistir a la ilusión y aferrarse a la bondadosa y única visión del principio es la solución. 3

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Cuando recuerdo al “rey sabio” y a su chambelán, se me agiganta la figura del maestro de Nazaret.  La sabiduría de este mundo es aceptar los pensamientos mayoritarios aunque sean disparatados. La del Cristo, practicada por Jesús, es la única e infinita bondad del Todo. Una visión que permanece perfectamente armoniosa sin inicio ni fin. Sólo el mantenerse en la eterna enseñanza del primer capítulo del Génesis 4, ayuno de aguas empantanadas, puede despertar a la humanidad de su loco sueño y negra pesadilla. 5 Hoy el mundo intenta aplacar su sed. Pero sólo bebe de manantiales contaminados que nunca sacian. Y como la samaritana del pozo claman sin saberlo por el agua viva. 6

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Individuos no hipnotizados, como Jesús, se hacen imprescindibles. Hombres y mujeres que ni acepten como buena la sabiduría del “rey” de Khalil Gibran, ni vean lo sugerido por el líquido envenenado. ¿Ha pasado ese tiempo? ¿Nos encontramos en la era de los “reyes sabios”? ¿Nos vemos abocados a llamar normal a lo que es locura? ¿Tenemos que soportar como nuestra natural herencia al mal en todas sus diversas variantes?
¡No! Y hay que gritar alegres y sin dudas esta negación. Porque todos -sin excepción alguna-  somos esos hombres plenos de perfección. Otros diferentes nunca fueron creados.

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Como a regidores de la creación  se nos dotó de todo lo necesario para cumplir con nuestra alta misión. Ni nunca el agua envenenada nos tocó, y es la fuente de la misma Vida la que nos fortalece para un combate ya ganado.

Y lo más importante: la ilusión no nos puede hipnotizar porque sólo tenemos una sola Mente para contemplar la armoniosa realidad.

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1 Génesis 3:1-6

2 Génesis 1:28

3 Ciencia y Salud pág. 495:17

4 Génesis 1:31

5 Ciencia y Salud pág. 476:34-7

6 Juan 4:15

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José Rodríguez Peláez, practicista
Alhaurín El Grande, España
www.rodriguezpelaezcs.org